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Querido
Clive:
deja que
te confiese una cosa: no paro de hacerme esta
pregunta: ¿por qué me castigan? Es una pregunta
obsesiva que me ronda continuamente la cabeza.
Mi historia con las sanciones empezó en la
cárcel de Bagram. Sólo nos dejaban ir al baño
dos veces al día, la primera justo después del
alba y la segunda antes del anochecer, y sólo
puedes ir cuando te toca el turno.
Recuerdo que una vez estaba muy apurado y le
cuchicheé al oído al que tenía delante de mí que
me dejara colarme. El soldado, hecho una furia,
me gritó: "¡No hables!" y me ordenó que saliera
a la puerta. Me ató las manos a un alambre y
allí me quedé el resto del día, de pie,
tiritando de frío. Me oriné en los pantalones,
para regocijo de los soldados y las putas.
Luego en Kandahar:
En pleno verano, bajo un sol de justicia y sobre
un suelo abrasador, un soldado grita: "¡Tú,
detente, el segundo, el tercero y también el
cuarto! ¿Por qué habláis? Poneos de rodillas con
las manos en la cabeza". Así lo hicimos y nos
dejaron en esa postura con un calor tórrido y
las rodillas sobre unos guijarros candentes
hasta que uno de nosotros de desmayó y los demás
le socorrimos.
Una semana después de llegar a Guantánamo los
soldados se presentaron muy temprano y ordenaron
a los presos que sacaran los brazos por la
abertura de la puerta que servía para pasarnos
la comida, porque nos iban a vacunar del tétanos,
dijeron.
Cuando me tocó a mí les dije que antes de salir
de Doha me había vacunado del tétanos, la fiebre
amarilla, el cólera y otras enfermedades y que
según el médico esas vacunas valían para cinco
años. No me hacía falta repetirlas. El oficial
me gritó que no discutiera: "¡Saca el brazo para
vacunarte si no quieres que te lo saquemos a la
fuerza!", me dijo. Me negué.
Me dejaron y luego volvieron después de haber
terminado con el barracón. Pero seguí negándome
a que me vacunaran. Entonces me requisaron todas
mis cosas, desde la colchoneta hasta el cepillo
de dientes, y tuve que acostarme en el somier
durante tres días y tres noches.
Vuelvo a hacerme la misma pregunta que me
atormenta: ¿por qué me castigan?
¿Las curas son obligatorias? ¿Nos hemos
convertido en un rebaño de ovejas que se lleva y
se trae? ¿Tenemos que aceptarlo todo sin
rechistar, sin hacer ninguna objeción, sin
informarnos siquiera?
Me pasaron cosas peores. Una noche me había
acostado muy pronto. Estaba extenuado después de
una sesión de varias horas en la sala de
interrogatorios. Había conciliado el sueño
cuando oí los gritos y las órdenes de un soldado:
"¡Saca la cabeza y las manos de la manta!" Me
desperté sobresaltado y obedecí. En efecto,
teníamos prohibido cubrirnos las manos y la
cabeza al dormir.
Acababa de quedarme dormido otra vez cuando el
soldado golpeó con fuerza la puerta de mi jaula
y me gritó a voz en cuello: "¿Por qué has puesto
la pasta de dientes en el sitio del cepillo?" Me
acusó de desobedecer deliberadamente las leyes y
los reglamentos militares y me ordenó que
recogiera mis cosas. El castigo duró una semana
entera.
Y vuelvo a hacerme la sempiterna pregunta: ¿por
qué me castigan? ¿Acaso es motivo suficiente
para castigarme durante una semana sin mis cosas
y sin colchoneta ni manta, durmiendo sobre el
somier?
Otra vez estaba tomando el desayuno, que
consistía en el contenido frío de una lata.
Cuando terminé vino un soldado a recoger los
restos de comida y los sobres de plástico. Se
detuvo en la puerta de mi jaula y se puso a
contar los trozos de sobre y a juntarlos. De
repente me gritó: "¿Dónde está el trozo que
falta?" Me puse a buscar entre mis cosas pero no
lo encontré. Entonces se fue con el cuento a la
administración y volvió con la sentencia:
merecía una sanción que sirviera de ejemplo a
los demás reclusos. De modo que me quitaron mis
cosas durante tres días y yo no paraba de
hacerme esta pregunta: ¿por qué me castigan, qué
iba a hacer yo con un trocito de sobre de
plástico?
Otra vez la providencia me reunió en el mismo
barracón con Yamel el ugandés, Mohamed el
chadiano y Yamel Blama el británico. Estábamos
juntos, pero también unidos por el mismo color
negro de la piel y el mismo color odioso de
nuestro mono naranja. Nuestra piel negra bastaba
para excitar a los carceleros, que nos hacían la
vida imposible castigándonos con motivo o sin él.
A menudo nos despertaban en medio de la noche
con el pretexto de cachear la celda. Una noche
me despertaron para un cacheo. No encontraron
nada sospechoso, salvo tres granos de arroz en
el suelo que habían atraído a unas hormigas.
Entonces me pusieron una sanción de siete días.
Lo que me obligó a hacerme la misma pregunta
obsesiva: ¿por qué me castigan? No me parecía
que tres granos de arroz y cuatro hormigas
fueran motivo suficiente.
Otra noche dos soldados se pararon delante de la
puerta de mi jaula. Llevaban cadenas y grilletes.
Golpearon violentamente la puerta y me desperté
asustado. Me esposaron y me llevaron al barracón
Romeo, donde me metieron en una jaula después de
dejarme en camiseta y calzoncillos. Nada más, ni
siquiera jabón o cepillo de dientes.
Por mucho que preguntara nadie me explicaba el
motivo del castigo, hasta que a la mañana
siguiente, ante mi insistencia, un responsable
me dijo que estaba sancionado con dos semanas de
aislamiento porque un soldado había encontrado
un clavo en el borde exterior de la abertura de
aireación de mi jaula.
Entonces le dije al responsable: "¿Cómo iba a
tener yo ese clavo, de dónde lo habría sacado y
cómo habría podido ponerlo en el borde de fuera
de esa abertura, y para qué?", pero me dio la
espalda y se fue sin contestar a mis preguntas.
De modo que estuve 14 días sentado y evitando,
por pudor, rezar mis oraciones con el culo al
aire, y tuve que dormir durante 14 frías noches
de invierno sobre el somier, sin colchoneta ni
manta.
El acoso y las provocaciones de los soldados
fueron en aumento. Una vez nos enteramos de que
un soldado había pisoteado el Santo Corán y
había dejado en él la huella de sus botas. Todos
los presos se rebelaron y decidieron devolver
los ejemplares del libro santo a la
administración para que no los profanasen
delante de ellos, porque además el general se
había comprometido en otra ocasión a que esa
clase de provocaciones no se repetirían. Pero no
cumplieron la promesa. Los presos decidieron no
salir de las jaulas, ni siquiera para el paseo y
la ducha tan ansiados, para que recogieran los
ejemplares del Corán.
Como siempre, los responsables vinieron dando
órdenes y profiriendo amenazas. Al momento
llegaron las valientes fuerzas antidisturbios,
que abrieron los calabozos y golpearon a los
reclusos antes de encadenarlos y ponerles los
grilletes. Les cortaron el pelo, la barba y el
bigote y les metieron en jaulas individuales.
Como a los demás presos, a mí también me llegó
el turno. Me rociaron los ojos con un gas y
luego cinco soldados me dieron una paliza, me
sacaron a la zona de paseo y me tiraron al suelo.
Entonces uno de ellos me agarró la cabeza y la
golpeó contra el suelo de cemento. Otro me dio
una patada entre las cejas y me hizo una brecha.
Brotó la sangre y me cubrió la cara. Todo eso
mientras yo estaba tirado en el suelo, esposado
y encadenado. Me cortaron el pelo, el bigote y
la barba y me metieron en una jaula individual,
bañado en sangre.
Al cabo de una hora llegó un soldado y me
preguntó a través de la abertura si quería que
me viera un médico. Dije que no y me encomendé a
Dios, denunciando ante él la injusticia de mis
carceleros. Hubo un momento en que sentí que me
desvanecía por la pérdida de sangre, y entonces
pedí un médico. Llegaron y me dieron tres puntos
de sutura en el arco superciliar, me pusieron un
apósito en la cabeza y me dieron somníferos
diciendo que eran antibióticos. Todo eso por una
abertura de unos pocos centímetros.
Me quedé dormido, abatido por la tremenda
injusticia de los hombres.
A la mañana siguiente volví a hacerme la
pregunta obsesiva: ¿por qué me castigan?
¿Acaso la defensa de mi fe y mi religión es un
crimen castigado con prisión? ¿También es un
crimen nuestra petición de que recojan los
ejemplares del Corán para que no los profanen
delante de nosotros? ¿Por qué estoy aquí? ¿El
haber viajado a Afganistán para pasar cuatro
semanas con una cámara de Al Yazira después de
la guerra de agresión contra un pueblo afgano
inerme también es un crimen por el que merezco
llevar más de cuatro años preso? ¿Y además
acusado de terrorismo? Son muchas las preguntas
que me bullen en la cabeza, atormentan mi
espíritu y chocan con la estridencia de los
eslóganes embaucadores esgrimidos por quienes se
dicen promotores de la libertad, defensores de
la democracia y protectores de la paz sobre la
faz de la tierra.
Al
Jazzera Traducido de la versión francesa para
Rebelión por Juan Vivanco
http://www.aljazeera.net/NR/exeres/08DE9B0F-391A-42B4-B391-A73AE742F133.htm/
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